El Ahogado. (O la isla de la miel)
Llegando al sur, fui directo al pueblo de los apicultores que me recomendaron otros surfistas para esta época del año. El clima estaba muy mal y la costa estaba despejada de turistas, no se veía mucha gente por las calles y había personas ajetreadas en la comisaria, la atmósfera me pareció extraña y no coordinaba con la descripción de mis colegas, así que me dispuse a averiguar qué sucedía. Un carabinero me dijo que por el asunto del terremoto y el clima los turistas se habían ido antes y eso afectaba mucho la economía del pueblo, además un “caja verde” (como llamaban los lugareños a quienes vendían miel en forma ambulante para diferenciarlos de los “caja blanca” dedicados a los helados y golosinas) se había extraviado extrañamente en el mar justo ese día.
Los lugareños veían esto como una tragedia más, el vendedor era un conocido apicultor y padre soltero de un niño de seis años. Los buzos y pescadores del pueblo decían que el suelo marítimo y de la costa se había modificado con los temblores dificultando su labor, cambiando la fauna, las mareas y el oleaje. Ya no sería más una playa para surfistas, sin embargo me puse en camino a la playa para observar por mi mismo el oleaje y descansar.
Instale mi carpa y comencé a calentar agua para un mate, pero no alcancé a servirme el primero cuando caí víctima del cansancio. Al despertar la marea había subido de tal forma que el agua llegaba hasta la misma carpa. Rápidamente traté de poner todo a salvo del agua y ordenar mis pertenencias, pero no encontraba el bolso con mi cámara. Miré al horizonte y vi algo plateado flotando en el mar: ¡La olla con la cámara dentro! Al sacar la cocinilla y la teterita se me había quedado dentro.
Recuerdo que las olas eran arrastradas y la corriente me tiraba hacia adentro, pero tenía la fe de salvar la cámara antes que se mojara y luego estaba en la orilla de otra playa, con la cámara y la olla en frente.
Cuando me levanté vi al supuesto ahogado y caí en la cuenta de que estaba en una especie de roquerio o isla pequeña. El hombre parecía atareado y muy perturbado, así que me acerqué para ver qué hacía. Estaba arrastrando cuerpos inertes y desnudos de personas muy extrañas, prácticamente no parecían seres humanos y probablemente no lo son.
Todos los cuerpos eran de muy baja estatura, completamente lampiños y con una extraña piel con muchos pliegues y grietas, tenían los ojos pequeños de grandes pupilas y de un color extraño, algo anaranjados. Sus genitales y senos eran pequeños, por lo que resultaba difícil distinguir hombres de mujeres. Uno de los seres terminó de agonizar frente a mi y el supuesto ahogado me tomó del brazo exclamando: -El era el último, murieron con el tsunami.
Me arrastró por una caverna y me dí cuenta que la roca era más grande de lo que me imaginaba, pero bajo el nivel del mar. Había esqueletos por todos lados y todo era tan extraño que no podía sentir miedo ni angustia.
Finalmente llegamos a una especie de nido en donde una enorme y mórbida mujer de características similares a los cuerpos me miró a los ojos y me interrogó:
-¿Qué quieres?
- Volver pronto a la costa, -respondí.
-Puedes irte cuando quieras, si es lo que deseas de verdad. –Me dijo con una voz que me pareció muy sensual y ofreciéndome su mano.
De pronto me ví envuelto en un aroma embriagante, exquisito y no me di cuenta cómo es que estaba lamiendo su mano, cada vez más dulce mientras recorría su brazo en dirección a su cuello y sus enormes, enormes pechos. Por fin sentí terror, un miedo frío y estremecedor parecido al vértigo me hacia resistir. Entonces la gorda se puso de pié y era enorme, majestuosa, me miró y fue como si leyera su mente, comenzó a hablarme en forma extraña, pero entendí todo, traté mil veces de desenredar la correa de la cámara y me parecía imposible.
El supuesto ahogado me puso miel en la boca con sus dedos y comí, me dijo que ya no quedaba más, que había que reunir alimento, nombró algunas estrategias y lo más razonable era pescar con la carne de los cuerpos como carnada, producir miel como él lo sabía hacer.
Pasaron semanas y no tuve voluntad suficiente para marcharme, comencé a adorar a la mujer y me pareció encantadora, me agradaba alimentarla y ver como se movía su vientre, dormir en ella, inmensa, acogedora, hipnotizante. A veces su solo olor me erotizaba de sobremanera, tocarla era el éxtasis, copular con ella era indescriptible, como una droga, como una inconmensurable y placentera muerte.
De un momento a otro la mujer lanzó un alarido y dio a luz tres niñas, como si nada, las niñas no parecían recién nacidas y crecieron rápido, como los hongos de la caverna. A los pocos meses ya teníamos que mantenerlas separadas, pues tendían a agredirse salvajemente, se peleaban su leche y una de ellas al parecer no quiso luchar más, así que hubo que alimentarla con miel, con algas, con el pescado… y dejó de crecer, o por lo menos comenzó a crecer más despacio, en forma normal.
Con los años perdí la noción del tiempo y la pequeña comenzó a ayudarnos en las tareas y a alimentar a sus hermanos más pequeños, los cuales nunca conocieron la leche de la madre, las enormes gemelas acaparaban todo y solo se alimentaban de ella.
Así transcurrió el tiempo en nuestra rutina, nuestra vida, la eusocialidad humana en la isla de la miel, como topos en las cavernas, pescando y cultivando abejas para alimentar a la gran reina. Nunca nadie llegó a la isla, tampoco, ni el ahogado ni yo quisimos irnos, nunca, a pesar de que con el ahogado, las gemelas y la reina usábamos en lo justo el lenguaje verbal.
Un día las gemelas nos despertaron a mí y al ahogado excitadas, tratando de seducirnos inútilmente a nosotros, cosa que ya había ocurrido algunas veces, por lo general la reina también despertaba y las arrancaba de nuestro lado, pero ese día no despertó y no lo volvió a hacer.
Al darnos cuenta que la reina había muerto, con el ahogado culpamos a las gemelas, ellas a su vez se culparon entre si. Como de costumbre todos los conflictos terminaban con ellas peleando entre sí hasta sangrar, pero ese día fue un baño de sangre y terminamos en la noche comiendo a la gemela que resultó muerta y en una semana de orgía con la Nueva Reina.Los lugareños veían esto como una tragedia más, el vendedor era un conocido apicultor y padre soltero de un niño de seis años. Los buzos y pescadores del pueblo decían que el suelo marítimo y de la costa se había modificado con los temblores dificultando su labor, cambiando la fauna, las mareas y el oleaje. Ya no sería más una playa para surfistas, sin embargo me puse en camino a la playa para observar por mi mismo el oleaje y descansar.
Instale mi carpa y comencé a calentar agua para un mate, pero no alcancé a servirme el primero cuando caí víctima del cansancio. Al despertar la marea había subido de tal forma que el agua llegaba hasta la misma carpa. Rápidamente traté de poner todo a salvo del agua y ordenar mis pertenencias, pero no encontraba el bolso con mi cámara. Miré al horizonte y vi algo plateado flotando en el mar: ¡La olla con la cámara dentro! Al sacar la cocinilla y la teterita se me había quedado dentro.
Recuerdo que las olas eran arrastradas y la corriente me tiraba hacia adentro, pero tenía la fe de salvar la cámara antes que se mojara y luego estaba en la orilla de otra playa, con la cámara y la olla en frente.
Cuando me levanté vi al supuesto ahogado y caí en la cuenta de que estaba en una especie de roquerio o isla pequeña. El hombre parecía atareado y muy perturbado, así que me acerqué para ver qué hacía. Estaba arrastrando cuerpos inertes y desnudos de personas muy extrañas, prácticamente no parecían seres humanos y probablemente no lo son.
Todos los cuerpos eran de muy baja estatura, completamente lampiños y con una extraña piel con muchos pliegues y grietas, tenían los ojos pequeños de grandes pupilas y de un color extraño, algo anaranjados. Sus genitales y senos eran pequeños, por lo que resultaba difícil distinguir hombres de mujeres. Uno de los seres terminó de agonizar frente a mi y el supuesto ahogado me tomó del brazo exclamando: -El era el último, murieron con el tsunami.
Me arrastró por una caverna y me dí cuenta que la roca era más grande de lo que me imaginaba, pero bajo el nivel del mar. Había esqueletos por todos lados y todo era tan extraño que no podía sentir miedo ni angustia.
Finalmente llegamos a una especie de nido en donde una enorme y mórbida mujer de características similares a los cuerpos me miró a los ojos y me interrogó:
-¿Qué quieres?
- Volver pronto a la costa, -respondí.
-Puedes irte cuando quieras, si es lo que deseas de verdad. –Me dijo con una voz que me pareció muy sensual y ofreciéndome su mano.
De pronto me ví envuelto en un aroma embriagante, exquisito y no me di cuenta cómo es que estaba lamiendo su mano, cada vez más dulce mientras recorría su brazo en dirección a su cuello y sus enormes, enormes pechos. Por fin sentí terror, un miedo frío y estremecedor parecido al vértigo me hacia resistir. Entonces la gorda se puso de pié y era enorme, majestuosa, me miró y fue como si leyera su mente, comenzó a hablarme en forma extraña, pero entendí todo, traté mil veces de desenredar la correa de la cámara y me parecía imposible.
El supuesto ahogado me puso miel en la boca con sus dedos y comí, me dijo que ya no quedaba más, que había que reunir alimento, nombró algunas estrategias y lo más razonable era pescar con la carne de los cuerpos como carnada, producir miel como él lo sabía hacer.
Pasaron semanas y no tuve voluntad suficiente para marcharme, comencé a adorar a la mujer y me pareció encantadora, me agradaba alimentarla y ver como se movía su vientre, dormir en ella, inmensa, acogedora, hipnotizante. A veces su solo olor me erotizaba de sobremanera, tocarla era el éxtasis, copular con ella era indescriptible, como una droga, como una inconmensurable y placentera muerte.
De un momento a otro la mujer lanzó un alarido y dio a luz tres niñas, como si nada, las niñas no parecían recién nacidas y crecieron rápido, como los hongos de la caverna. A los pocos meses ya teníamos que mantenerlas separadas, pues tendían a agredirse salvajemente, se peleaban su leche y una de ellas al parecer no quiso luchar más, así que hubo que alimentarla con miel, con algas, con el pescado… y dejó de crecer, o por lo menos comenzó a crecer más despacio, en forma normal.
Con los años perdí la noción del tiempo y la pequeña comenzó a ayudarnos en las tareas y a alimentar a sus hermanos más pequeños, los cuales nunca conocieron la leche de la madre, las enormes gemelas acaparaban todo y solo se alimentaban de ella.
Así transcurrió el tiempo en nuestra rutina, nuestra vida, la eusocialidad humana en la isla de la miel, como topos en las cavernas, pescando y cultivando abejas para alimentar a la gran reina. Nunca nadie llegó a la isla, tampoco, ni el ahogado ni yo quisimos irnos, nunca, a pesar de que con el ahogado, las gemelas y la reina usábamos en lo justo el lenguaje verbal.
Un día las gemelas nos despertaron a mí y al ahogado excitadas, tratando de seducirnos inútilmente a nosotros, cosa que ya había ocurrido algunas veces, por lo general la reina también despertaba y las arrancaba de nuestro lado, pero ese día no despertó y no lo volvió a hacer.
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